Encuentro n° 1 - 21 de mayo del 2025

 Encuentro n° 1 - 21 de mayo del 2025

Luego de dedicar algunas semanas a otras lecturas, encaramos un nuevo proyecto a largo plazo. Decidimos utilizar el entusiasmo que generó la nueva serie de Netflix como puntapié para leer ''El Eternauta'' (1957-1959). Comenzamos leyendo una breve reseña sobre la vida del escritor Héctor Germán Oesterheld y del dibujante Francisco Solano López, autores de la historieta. Luego, sin perder tiempo, nos metimos de lleno en la historia. 

Está Oesterheld sentado, en plena madrugada, trabajando en su estudio cuando un desconocido se materializó sorpresivamente en la silla frente a su escritorio. El sobresalto no tardó en dar paso a la curiosidad. Tal era el halo de misterio que rodeaba a aquel sujeto y sin embargo, no era temor lo que inspiraba sino una extraña sensación reconfortante. Oesterheld piensa: ''No he visto nunca mirada semejante. La mirada de un hombre que había visto tanto que había llegado a comprenderlo todo'' (p14) 

Semejante frase nos dejó pensando. No sabemos si va a ser relevante o no para la historia pero tiene una potencia impactante. ¿Qué es lo que vio? ¿Qué sería que ‘‘lo comprende todo’‘? TODO. La esperanza de algún tipo de Aleph me invade pero es más que seguro se trate de una hipérbole. Sin embargo, parecería ser una especie de sabio, lo cuál es más que interesante para mí. 

Aquel hombre vestía prendas de un material desconocido y hacía comentarios incomprensibles tratando de ubicarse en tiempo y espacio: ‘‘Estoy en la Tierra supongo’’ o ‘‘...ya sé que estoy en la tierra. A mitad del siglo XX, alrededor del 1957’’. Afirmaba tener cientos de nombres (inevitablemente vino a mi mente Gandalf) pero entre todos estos, eligió   como el más comprensible para Oesterheld - y por ende, también para nosotros - el que le puso ‘‘una especie de filósofo del siglo XXI… El Eternauta me llamó él… para explicar en una sola palabra mi condición de navegante del tiempo, de viajero de la eternidad. Mi triste y desolada condición de peregrino de los siglos’’ (p15). Este viajero del tiempo busca un lugar en donde resguardarse y descansar para luego, poder seguir con su tarea: buscar (¿¿Buscar qué?? No se nos revela todavía). Con el fin de persuadir a Oesterheld y que este le haga un lugar en su casa le cuenta su historia. El escritor lo escuchó atentamente. 


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A partir de acá entramos en la narración del Eternauta. La historia remonta a la noche que este identifica como aquella que le arruinó la normalidad de su vida, una vida tranquila y feliz hasta ese momento. Era invierno (detalle importante porque explica la razón de tener las ventanas cerradas) y como tantas otras noches, se había reunido con tres vecinos a jugar a truco en el altillo de su casa. El grupo está conformado por Favalli, profesor de física; Lucas Herbert, bancario; Polsky, jubilado y Juan Salvo (quien más tarde va a ser apodado como el Eternauta) dueño de una fábrica de transformadores. 

Aquella buhardilla funcionaba como un lugar de encuentro y un refugio de los pasatiempos del grupo de amigos. Entre estos, la pasión por la electrónica era uno de los principales por lo cuál era un lugar lleno de herramientas y materiales afines. Abajo, en la parte principal de la casa, descansaban Elena y Martita, la esposa y la hija de Juan Salvo. 

El chalecito de Vicente López, los hobbies y las ocupaciones de los personajes nos dan a entender que forman parte de una clase media acomodada, con las necesidades básicas resueltas y con vidas tranquilas y placenteras. Una primera descripción nos muestra a Favalli como competitivo y despechado, aunque claro, en el contexto de un partido de truco. Ya veremos si esta descripción es relevante al desarrollo de la historia o no

De a ratos, entre chicana y chicana, los jugadores de cartas, escuchan el noticioso que suena en la radio: pruebas atómicas de los Estados Unidos produjeron una inmensa nube de polvo radioactivo que viaja rápidamente hacia el sudoeste. (Adivinen qué país se encuentra al sudeste del planeta). Sin embargo, el grupo de amigos no le da demasiada relevancia a la noticia y sigue jugando. Pero, unos instantes después, un apagón los devuelve a la realidad. La calle, en general ruidosa, se enmudeció en un silencio espectral. Al mirar por la ventana, sólo vieron un océano de muerte. Los autos chocados, los hombres caídos y el descenso de una extraña nieve fosforescente; la mortífera nube ya los había alcanzado. 

Las puertas y ventanas bien cerradas por el frío los protegió de la nieve. Por mayor precaución, Favalli se apresuró a cubrir las rendijas con masilla para que no se colara ningún copo. En un rapto de locura, Polsky abre y sale corriendo a la calle, desesperado por la urgencia de socorrer a su familia. Pocos metros fueron los pudo alcanzar antes de que su cuerpo cayera al suelo sin vida. 

En aquella situación extrema, el grupo de amigos no contaba con el tiempo necesario para procesar el duelo. Los sobrevivientes del chalecito de Vicente López tuvieron que enfocarse en la misión de pensar una estrategia de supervivencia hasta la llegada de un auxilio. La esperanza de una pronta ayuda no tardaría en derrumbarse.




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